Una de las escenas del evangelio que me ha impactado desde siempre es la de la pecadora que aparece en el capítulo 7 de Lucas. La misma persona es “mirada” por el anfitrión (un fariseo “majete”) y por Jesús. El primero ve una prostituta, una pecadora, una oveja negra, una escoria… Jesús ve una persona (ve a una hija y a una hermana). El fariseo la ve “haciendo cosas”. Jesús la ve “amando”. El fariseo la había condenado antes de que hubiera siquiera entrado en su casa. Jesús la libera de su pecado.

 Ella es la misma, lo que cambia es la mirada. ¡Cuánto necesita nuestro mundo de esa segunda mirada! ¡Cuánto necesitamos de una pedagogía de la mirada! ¿Qué vemos cuando miramos? ¿Cómo miramos a nuestro alrededor, a nuestro mundo? ¿Hacemos algo para aprender a mirar? ¿Cómo miramos al diferente? ¿Cómo nos miramos a nosotros mismos? ¿Cómo miramos al que consideramos superior? ¿Y al que consideramos inferior? Miedo, ira, vergüenza, indignación, complejos, ideología, tristeza, prisas, cariño, respeto, ternura, curiosidad, solidaridad, justicia… Tantas cosas podemos llevar en la mirada, tantas cosas.

Hay algo en nuestro interior que nos hace tener ya muy claro cómo es el otro. Quizás para ahorrarnos la capacidad de sorpresa. Quizás para sentirnos seguros, para no sentirnos amenazados. Quizás porque me siento más cómodo “con los míos”, con los que son como yo. Quizás porque lenta pero eficazmente, se me ha educado en que mi cultura, mi raza, mi género, mis ideas políticas, mi clase social, etc… , son lo mejor, lo correcto y “lo normal”. Quizás, en definitiva, porque no quiero salir de “mi valle”.

Nos hemos contentado con llevar tolerancia (en el mejor de los casos) en nuestra mirada. ¿Qué pasaría si miráramos también con respeto? ¿Te imaginas que diéramos el paso siguiente y camináramos hacia la hermandad? Si lleváramos amor en la mirada… Si en lugar de dejarnos llevar por los prejuicios fuéramos capaces de mirar y de dejarnos mirar…

 Y tú, ¿qué llevas en tu mirada?

P. G.