(En homenaje a la Provincia Agustiniana Matritense en el final de su camino)

Hoy en día se ha edulcorado un poco esto del corazón. Corazones en emoticones, dibujos, tallados en los árboles, en tazas y llaveros. Corazones en canciones. Rotos, robados, heridos, apasionados, ligeros, pesados. Corazones que sienten, y otros insensibles. El corazón parece un depósito de sentimientos.

Tal vez todo eso sea (en parte) real. Pero el corazón es mucho más. La imagen del Corazón de Jesús, en su origen, habla del amor. Con mayúsculas. El Amor. No una imagen blandita de las cosas ni una aproximación solo emocional a la fe. El Amor que decimos que es Dios y que personalizamos en Jesús. Amor verdadero, que es una manera de mirar a la realidad conociéndola, queriéndola y comprometiéndose con ella. Así nos mira Dios. Y así nos miró en Jesús. Ese corazón se rompió en una cruz −pero siguió latiendo ya resucitado− . Y ese latido es hoy clamor en nuestra historia y nuestro presente.

La devoción al Corazón de Jesús puede ayudarnos a descubrir las enormes posibilidades de nuestros propios corazones. Posibilidades de mirar a la realidad, de comprender a cada persona en su situación, y de darnos por los demás. Desde la gratitud y la responsabilidad. Hoy, en una época de muchos corazones de piedra, intransigentes, llenos de despecho y juicios implacables; muchos corazones encerrados en jaulas de prejuicios y displicencia, nos vendría bien aprender a latir al unísono de ese Corazón.

José María Rodríguez Olaizola, sj