Las tentaciones de cada día

“Las tentaciones de cada día” ¡Vaya título para encabezar un artículo en el siglo XXI y en una sociedad que no tiene tiempo de plantearse situaciones de esta índole!

¡Pues es verdad! Pero lo he elegido, porque también es cierto que, como no nos queda tiempo para ver si somos tentados o no, hemos caído en la única tentación que existe; la tentación de donde surgen todas las demás. La tentación de querer ser dioses.

Somos incapaces de darnos cuenta de que, la primera tentación y por la que más sufrimos es por querer tenerlo todo controlado, manipulado…; vivir en la opulencia, la comodidad, la falta de exigencia… y poder dominar a los demás, desde lo alto de nuestro “trono”.

Hoy queremos asegurarnos la abundancia de bienes, el poder comprar lo que deseamos a cualquier precio, el tener un estatus que nos ponga por encima de los otros… y el no consentir que nadie nos cuestione la forma de conseguirlo. Pero, eso sí, para cuestionar lo de los demás, ya estamos nosotros.

Los que hemos crecido en el progreso, en la sociedad del “bien estar”… Los que, cuando nos encontramos con los que están caídos, saltando la valla, llegando en patera, sin comida, sin hogar…tan sólo se nos ocurre decir que: son los desfavorecidos de la tierra, los que no han sabido progresar, los que no han sabido “buscarse la vida”, los que no han sabido mezclarse con la “gente bien” para triunfar… tratamos de quitarnos el problema de encima diciendo que, lo menos que pueden hacer es dejar de molestarnos, que nosotros ya tenemos bastante con lo nuestro.

Creo que, ahora, después de habernos situado ante nuestra realidad podríamos preguntarnos: ¿Todavía creemos que las tentaciones son algo pasado de moda? ¿Todavía seguimos pensando que esto no es para nosotros?

Entiendo que no estaría de más que, ante esta situación, entrásemos en nuestro interior; allí donde se callan los ruidos, los egoísmos, la prepotencia. Allí donde todo es soledad, donde la carencia de cosas atractivas nos invita a reflexionar en serio y con sencillez… reconociésemos nuestros fallos, nuestras deficiencias… Tratásemos de cuestionarnos: de cómo salir de lo efímero, de lo fácil, de lo que no cuesta… y entrásemos en la interpelación. Esa interpelación que lejos de aplastar al ser humano lo dignifica. Esa interpelación que regenera, construye y ayuda a caminar.

Dejémonos cuestionar por la vida, por las circunstancias, por los demás. Ya sé que duele, que es difícil, pero todo lo que merece la pena cuesta esfuerzo.

Cuando digan de nosotros cosas negativas, cuando nos exijan lo que a veces creamos que no podamos dar, humillémonos, pidamos fuerzas y demos gracias porque eso es inmensamente rico para nosotros. Tengamos la seguridad de que, ese momento –que parece complicado– es especial; el Señor nos llevará en sus brazos para que no desfallezcamos. Y, como, a Jesús en el desierto, Dios nos mandará a sus “ángeles” –los ángeles del cielo y de la tierra– para ayudarnos a crecer y a madurar en medio de lo que a nosotros nos parecía imposible.

  • ¿Qué incentivos me apartan del camino de Dios?
  • ¿Vivo queriendo que Dios se adapte a mis intereses?
  • ¿Antepongo las exigencias de la sociedad a lo que sé que Dios quiere de mí?
  • ¿Acojo la historia de salvación que Dios ha elegido para mí, o prefiero seguir por la yo propongo?

Julia Merodio