Que el miedo no nos paralice

Estábamos, un grupo de la parroquia, dándonos los pertinentes saludos, al encontrarnos después de las vacaciones y una de las personas dice: “Os digo de verdad que me da miedo meterme en un nuevo curso. Me planteo si tengo fuerza para volver a empezar”. Después de un rato compartiendo me dirigía a casa y, sin saber por qué, algo tan normal como ese comentario no dejaba de darme vueltas por la cabeza: “Tengo miedo a comenzar de nuevo”.  Y ¿no será eso mismo lo que nos pasa a muchos de nosotros?

Tener miedo

Quedé pensando. Yo creo que, esto del miedo, es algo que no miramos de frente, algo que no nos solemos plantear con asiduidad, sin embargo es una realidad que acompaña nuestra vida con más frecuencia de la que esperamos; por lo que, quizá sea una cuestión que tendríamos que vigilar si no queremos que la vida nos juegue malas pasadas.

Al pensar en ello, me daba cuenta de que no era nada nuevo, nada por descubrir, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo nos dan buena cuenta de ello. Ni los grandes profetas, ni los que eran designados por Jesús para una misión, ni los mismos apóstoles… se libraron del miedo. El problema reside en que el miedo paraliza, detiene, interrumpe… y así los encontramos a ellos, huyendo a refugiarse a un sitio tranquilo donde poder vivir con comodidad. ¡Qué poco se diferencia su realidad de la nuestra!

Nosotros también nos preguntamos una y otra vez: ¿Qué voy a hacer yo? ¿Qué voy a hacer solo? ¿No será más prudente quedarme quieto donde estoy sin complicarme la vida? Somos incapaces de darnos cuenta de que, lo mismo que ellos, también nosotros vamos huyendo de la realidad, tratando de convencernos de que es mejor limitarse a vivir en la comodidad.

Sin embargo, lo miso que a todos ellos: lo mismo que a Elías, que a Jonás, que a Moisés… llega la tormenta, el huracán, el desierto, la zarza ardiendo, la playa… Todo eso que jamás hubiéramos imaginado para terminar con la Misión asignada.

  • Elías, come y bebe que el camino es largo… . Señor, con tanta gente como hay mejor que yo, más preparada y resulta que me pides a mí que siga el camino…
  • “Jonás vete a Nínive y predica por las calles…”. Pero Señor ¿qué dices? ¿Cómo puedes pedirme esto? Si sabes que no tengo valor.
  • “Moisés saca a mi pueblo de la esclavitud”. Señor ¿Quién soy yo para hacer esto? ¿Por qué no envías a otro en mi lugar?

Y ya vemos, la vida avanza y la realidad del miedo persiste. Llega Jesús y vuelve a plantearnos la cuestión del miedo. Y nos damos cuenta de que, lo que nos dice no es menos sorprendente que lo anterior. Ante nosotros presenta el miedo de ese criado holgazán y perezoso, que nos ofrece el evangelio y que todos conocemos.

Ese criado, lo mismo que nosotros recibe un Talento para negociar con él, pero el miedo le impide ponerlo a producir. ¡Tuve miedo! ¡Cuántos Talentos enterrados -sin hacer el bien- por comodidad y apatía! ¡Cuántos criados holgazanes y perezosos por miedo a lo nuevo, al riesgo, a la dificultad, al qué dirán…! ¡Cuántos criados holgazanes e inútiles por miedo a las consecuencias de trabajar en el seno de la Iglesia!

De ahí que, el Papa, que entiende mucho de esto diga en su exhortación Gaudete et exúltate “Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar sólo dentro de los confines seguros”. Porque todos sentimos alguna vez la tentación de huir a un lugar seguro. Y el Papa pone nombres a todo esto: “individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas”. Todo ello tiene un denominador común, resistimos a salir de nuestro confortable territorio donde todo nos es conocido y manejable.

Ya vamos deduciendo que el miedo es para todos, que llega hasta las esferas más altas de la Iglesia. No necesitamos esforzarnos mucho para llegar al miedo de los Apóstoles. ¡Cuántas veces tuvo que decirles Jesús que no tuviesen miedo!

Ven el mar embravecido y se hunden; ven las barcas sin pescado y se rinden ¿para qué seguir?; ven que las cosas se ponen mal y se cierran en el Cenáculo…

Pero de nuevo nos llegan las palabras del Papa “cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía”. Ellos sabían, porque Jesús se lo había dicho, que necesitaban la llegada del Espíritu Santo para dar muerte al miedo.

Quizá sea esta la clave para que nosotros volvamos a ponernos en marcha: Esperar el Espíritu en oración con María.

Por fin, todas las piezas han encajado. Esperar con María en este año jubilar del 25 aniversario de la Catedral. Y cumplir nuestra misión: ser Santos como nos dice el eslogan de los Agustinos para este año. Por eso ánimo: “No tengamos miedo a ser Santos” (Juan Pablo II).

Julia Merodio