Pentecostés es hoy

No fue sólo aquel día lejano en que un grupo de discípulos asustados se sintieron fuertes, unos hombres sencillos se supieron sabios y hablaron con palabras de Dios. Es hoy, en ti y en mí. No es paloma ni llama ardiente, y tal vez no nos lanza al medio de la multitud a dar gritos. Y, sin embargo, el espíritu de Dios sigue  lloviendo sobre nosotros, envolviéndonos en silencio,  seduciéndonos sin trampa, susurrándonos palabras de amor infinito y enseñándonos a mirar el mundo y la vida con ojos nuevos.

«Aparecieron lenguas como de fuego, repartidas y posadas sobre cada uno de ellos » (Hch 2, 3)

Y ese espíritu actúa en nosotros y a través nuestro.  En el momento en que  alguien cae y es capaz de levantarse. En las víctimas inocentes que sienten renacer la esperanza. Siempre que el perdón tiene la última palabra. En el encuentro que se produce cuando el solitario encuentra quien le escuche. Es el amor que da sin exigir nada a cambio. Está en medio cuando la camaradería, y la risa, y el gusto por estar con otros incluye a todos. Se deja ver si callan las palabras y hablan los abrazos. Sonríe cuando dejamos marchar el rencor y las heridas viejas. Es maestro que nos enseña a querernos frágiles y contradictorios; nuestro acicate cuando, pese al miedo o al conflicto, nos levantamos para plantar cara a lo injusto.

 

Pentecostés

Tú te has ido. Con la primavera.
Pero aún nos guía tu Presencia ausente,
Cristo, por el camino
de la esperanza, verde.

Hacia el maduro Otoño y la Vendimia…
Tú te has ido, pero refloreces
en nosotros ¡oh Vid
cosechada y perenne!

En nosotros que vamos —y Tú vienes—
bajo el estío del Amor
por el camino luminoso y verde…

Pedro Casaldáliga