Un cristiano de verdad

A todas las horas del día hay alguien protestando por algo que ha sucedido. Los informadores protestan; los tertulianos protestan, los políticos protestan, los miembros de la familia protestan, los que vienen a la iglesia protestan… Pero ¿acaso hay alguien que viva hoy sin protestar? Todos estamos metidos en la misma estratagema, todos en la misma incomodidad… Sin embargo, pocos son los que se preguntan si quejándose de todo van a lograr mejorar en algo las cosas.

Por eso hoy, querría presentaros a una de esas personas que no protestaron, que callaron, que sirvieron, que ayudaron… Esa persona es:  San José – esposo y padre de familia.

“Cuentan que un hombre que acababa de conocer a Jesús de Nazaret y quedó tan fascinado de su presencia que decidió buscar, por todos los caminos, a otros hombres que les hubiera pasado lo mismo que a él, para junto a ellos seguirle.

Al ver a un anciano sentado al borde del camino le preguntó: ¿Ha visto pasar por aquí algún cristiano?

El anciano encogiéndose de hombros le contestó: Depende del tipo de cristianos que busque.

¡Perdone! Le dijo, contrariado el joven; es que soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Sólo conozco a Jesús.

Pues mire amigo: Los hay para todos los gustos: Hay cristianos de cumplo-miento, cristianos por tradición, por conveniencia, por comodidad… y hay otros que son cristianos auténticos.

¡Los auténticos! Esos son los que yo busco ¡los de verdad!

¡Vaya! Dijo el anciano, subiendo la voz, esos son los más difíciles de encontrar.

El joven con impaciencia le dijo: y ¿cómo podré reconocerlos?

El anciano, pausadamente, le contestó: no se preocupe amigo. No tendrá dificultad para reconocerlos. Un cristiano de verdad no puede pasar desapercibido. Lo conocerá por sus obras, pues allí donde va, siempre deja huella”. 

¡Dejar huella! ¡Ser cristiano de verdad! Eso es lo que necesita nuestro mundo de hoy, cristianos que, como San José, no se instalen en la apatía y el desencanto. Pues ¿hubiese conseguido, San José, dejar huella, en el mundo que le tocó vivir, si en lugar de ponerse en pie y seguir caminando, se hubiese hundido en el desánimo al primer contratiempo?

Estoy segura de que Jesús pensaría en él cuando recriminó a la higuera del camino. Jesús, al reprochar –a la higuera- el que no diese fruto, está denunciando la dejadez al trabajarla. Censuraba el no haber sido podada, ni regada; recriminaba el no haberla abonado… Y ¿no será, que también a nosotros nos falten todas esas acciones para que dé fruto nuestra vida personal y familiar?

Todos sabemos ser esposos, padres, hijos, ciudadanos, miembros de la iglesia… ¡qué nadie se meta en nuestra vida! ¡Que nadie nos diga lo que tenemos que hacer! Con la cultura que tenemos hoy, no necesitamos lecciones de nadie.

Es lógico. ¡Duele tanto dejarse podar! ¡Es tan desagradable el olor del abono! ¡Es tan incómodo que nos rieguen!…

Sin embargo, envidiamos a ese matrimonio que lleva tantos años casados y se le ve dichoso. Envidiamos a esa familia unida que han aprendido a perdonar. Envidiamos a esas personas trabajadoras que tienen sus necesidades cubiertas… Envidiamos a la familia de Nazaret. ¡Qué suerte han tenido! Nos decimos.

¡Suerte! ¿Acaso creemos, al leer los avatares de la vida de San José, que fue un hombre con suerte? La suerte no existe, o trabajamos los dones que se nos han regalado o no hay resultados. Las “varitas mágicas” sólo existen en los cuentos.

Para vivir el plan de salvación que Dios nos ha asignado no se nos da  un libro de instrucciones, ni un seguro a todo riesgo, ni un antídoto ante las dificultades, ni un elixir que nos vuelva “tontitos” para aguantar. Tampoco a San José se le dio. Dios no elige a los capaces para trabajar en su Reino, sino que hace capaces a los que elige.

Por eso hoy deberíamos aprender de S. José a:

  • Amar al otro por los que es y no por lo que nos gustaría que fuese.
  • A aceptar lo negativo, que hay en los demás miembros de la familia, de la comunidad, de la parroquia, del entorno… con amor.
  • A acoger juntos las sorpresas que aparecerán en los recodos del camino.
  • A amar a los demás, hasta que ni siquiera nos demos cuenta.
  • A creer en los otros sin planteárnoslo.
  • A servir a todos cueste lo que cueste.

¿Seremos capaces de hacerlo así?

Julia Merodio