Miradas

Es curioso: Somos lo que miramos. Somos como miramos. Algunos dicen: «Dime cómo miras y te diré quién eres». Es la mirada. Ese lenguaje universal más allá de las palabras. Diariamente vivimos de ellas. Inmersos en ellas. Amando o condenado. Dándolas y recibiéndolas.

No hay que engañarse. Todos hemos hecho algún que otro Máster en miradas, así que de esto sabemos un rato: Hay miradas que matan; que cierran puertas y te dejan helado; miradas que arañan y te desgarran las entrañas; miradas que te hieren el corazón y te dejan sin palabras; que viven en el ‘no’ y te entristecen todo el día. Hay miradas que condenan por el hecho de ser diferente; miradas que delatan, envidian y que no soportan el bien ajeno. Miradas de muerte. Impersonales e indiferentes. Superficiales e interesadas. Borrachas de soberbia. Calculadoras. Gélidas. Sin Luz y sin Dios. A años luz del pobre. Pero también sabemos que hay miradas que curan y reconfortan; miradas que son oasis y sombra acogedora; que arropan y bendicen; miradas balsámicas que tapian brechas y derrochan consuelo y comprensión. Miradas llenas de amor hacia el otro, que hacen la vida más fácil. Miradas que no llevan cuenta del mal, que viven en Corintios 13  y todo lo aguantan y todo lo esperan. Miradas que sientan bien y que embellecen a sus destinatarios, haciéndolos mejores y sacando lo mejor de ellos.

¿Quién no ha experimentado alguna vez el sentirse especial ante la mirada de otro? ¿Acaso hay alguien que no se haya sentido atrapado, vulnerable, irremediablemente lleno de paz o loco de amor ante una mirada? ¿Verdad que no es lo mismo vivir mirando de una manera que de otra?

¿El referente y modelo?: El Maestro de la Mirada. Él nos amó primero, porque nos miró primero. Y así Dios nos mira como nadie nunca nos ha mirado o nos mirará jamás. Sacando lo mejor de nosotros en cada instante. Llenándonos de posibilidades insospechadas, su mirada nos convierte en maravillosas obras de arte. Que esta mirada de Dios sobre nosotros guíe la nuestra hacia el mundo. Mirada que lo hace todo nuevo, que no desgasta o da las cosas por sabidas. Mirada que recupera la novedad de todo y de todos; que recoge de las cunetas las miradas perdidas, despistadas o derrotadas de tantos hermanos caídos que necesitan, con urgencia, de las miradas de Dios. MIRO, luego AMO.

Gerardo Villar, sj