Ver la salvación de Dios

Me gusta ver impresas estas fantásticas palabras: “y todos los pueblos verán la salvación de Dios”. Hay que estar en un lugar muy alto, para ser visto por todos los pueblos. Tiene que haber un soporte elevado, para sostener una antorcha capaz de desprender su luz para alumbrar a todos. Pero así fue. Alguien estaba dispuesta a cobijar la antorcha para que apareciera la Luz. Alguien, llena de grandeza interior. Alguien, capaz de soportar lo indecible para que llegara a todos, el gran regalo del amor de Dios. Alguien, que supo decir desde la gratuidad más infinita: “Que sea como Tú quieres mi Señor” para que se realizase el milagro.

Este Alguien fue: María. Por eso brilla en la liturgia con luz propia. Por eso aparece cada año presidiendo y culminando el adviento pues sin ella sin su Hágase no habría sido lo mismo la salvación.

  • Ella es la portadora de la Buena Noticia.
  • La experiencia más bella del evangelio.
  • El de la humanidad a Dios.
  • La conclusión de un sólido proyecto de vida.
  • Es la madre en quien depositar nuestro amor.
  • La madre en quien buscar alegría, libertad, paz.
  • La madre capaz de ayudarnos a subir hasta la cumbre.

 

De ahí que os invite a mirarla y decirle:

A tu lado, Madre, quiero aprender a ser pobre. Quiero aprender a esperar, a mirar más allá de las cosas, a levantar mis ojos a Dios, a tener tendidas mis manos y abierto el corazón. Quiero aprender a vivir una vida donde Dios habite y fluya de tal forma que, sin pretenderlo, todos confíen, esperen y sepan… que es posible la salvación.

Quiero, como tú, ser arcilla en las manos de Dios para dejarle que me moldee. Quiero esperar junto a ti el momento de su llegada y dejarme contagiar por la esperanza de los que aguardan la salvación. Quiero tomar conciencia de que todos, hemos hallado gracia delante de Dios. Esa gracia que es, el Don que Jesús viene a regalar a cada ser humano. Acojámoslo, saboreémoslo, y, cuando lo sintamos, cuando lo hayamos orado, caigamos de rodillas para decirle al Señor:

  • Necesito que vengas a llenar mi vida, Señor.
  • Necesito que crees en mí una actitud limpia y transparente.
  • Necesito que prepares mi alma para tu llegada.
  • Necesito tu presencia salvadora en mi interior.
  • Necesito sorprenderme ante tu misterio.
  • Necesito que, un amor fuerte, llene mi existencia.

Julia Merodio