A veces necesitamos categorías. En realidad, siempre. Nos permiten llamar a las cosas de una forma u otra, y nos ayudan a comprenderlas. Nos enseñan a trazar mapas del mundo, de sus gentes… Las palabras, los conceptos, las realidades que hay detrás, son un arma de doble filo. Por una parte, nos ayudan a situarnos y comprender las cosas. Por otra parte, corremos el riesgo de que nos acartonen la mirada, nos adormezcan la sensibilidad o nos cierren los ojos ante la verdad primera que nos une: somos, antes que nada, humanos, hermanos e hijos de un mismo Dios.

Antes que etiquetar muy pronto y marcar diferencias: macho o hembra, de aquí o de allí, blanco o negro, doctor o iletrado, heterosexual o gay, rico o pobre, mío u otro, es fundamental mirar a los rostros, a las vidas, a la gente, y decir: humano, como yo; persona, con un corazón que, como el mío, late y siente, busca y ríe, y a veces llora. También sueña en sus noches, y anhela en sus horas de vigilia. También se equivoca y acierta (no todo al tiempo). También, a su manera, revela a Dios, nuestro Padre. También tiene sed, de sentido, de un Absoluto que abraza, de amor y palabra. Por eso, antes de etiquetar, descálzate ante el otro, que el terreno que pisas es terreno sagrado.

Eso necesitamos. Una mirada atenta, capaz de descubrir el sentido profundo de las cosas.  De intuir la huella de Dios. De atisbar destellos de su Presencia en las gentes, las historias y las cosas. Una mirada que perciba, como trasfondo, “creación” y vida, proyecto y reino, amor. Una mirada que descubra las posibilidades, que, como la del artista, desentrañe la belleza posible, aunque escondida.

Danos, Señor, esa mirada certera, que desvela el rescoldo en la hoguera apagada, que descubre el primer tallo que asoma, que sin ser ciega a lo que falla, falta o hiere, sin embargo sigue percibiendo la vida y su fuerza. La mirada del que es capaz de figurarse, con imaginación desbordante, posibilidades que desencadenan cambios… Para hacer del mundo (mi mundo pequeño y el mundo lejano), un lugar mejor. Para humanizar las vidas y las situaciones, especialmente de aquellos a quienes la dignidad les ha sido arrebatada.

«Jesús, fijando en él la mirada, le amó» (Mc 10,21)