La conversión de San Agustín

Con palabras poéticas, en su libro Las Confesiones, describe San Agustín su propia conversión a Dios. Es un texto bello, conciso y entrañable. Es una plegaria de admiración y adoración. Dice así:
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste y con tu tacto me encendiste en tu paz”.
Cuando nos encontramos lejos de Dios, podemos afirmar como Agustín: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera”. La conversión es un don, una gracia, no una iniciativa nuestra voluntarista. El que acaba con nuestra sordera y nuestra ceguera es Dios mismo.

Una breve y profunda oración de humildad

San Agustín en sus Confesiones formula esta breve y profunda oración de humildad: “[Oh Dios mío], tú eres el médico, yo soy el enfermo. Yo soy miserable y tú eres misericordioso”.
El adjetivo “misericordioso” es uno de los más bellos y profundos del vocabulario de nuestra religión cristiana. “Misericordioso” significa saber colocar el corazón cerca de la miseria para compadecerse de ella, tener un corazón tierno para con la miseria para remediarla.
La palabra “misericordia” está compuesta de dos vocablos: miseria y corazón. Quiere decir: tener un corazón abierto y generoso para con la miseria del otro.
La miseria es nuestra. El corazón para remediarla es de Dios. Dios contempla nuestra miseria y nos brinda su amor sin medida.

Nuestra meta es Dios

En el libro primero de las Confesiones de San Agustín, encontramos la famosísima exclamación: “[Señor Dios], nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.
Nuestro inicio radica en Dios y nuestra meta definitiva es Él.
Nuestra existencia es un proyecto que se inicia gracias a Dios y en Dios y que un día terminará en Él.
Entender esto significa dar un sentido profundo a nuestro ser y actuar.
Sin Dios, somos como seres perdidos en el universo, que desconocen su inicio, ignoran su camino y carecen de meta.
Sin Dios, el ser humano no es nada y anda errante por la vida sin rumbo ni destino y privado de auténtica felicidad.
Dios es el principio y el fin de nuestro existir. Y nuestra vida no es más que el trecho entre estos dos puntos básicos que debemos aprovechar al máximo para alabarle, darle gracias y servirle en los hermanos más necesitados.

Video Tarde te amé de Pablo Martínez